RETRATO Y PERFIL

Me he mirado y me he reconocido sin dificultad. Asgern Jorn, el artista danés de COBRA, me ha devuelto un perfil y un retrato ambivalentes que creía perdidos. Y además mediante una técnica como la de collage, gracias a la cual tú mismo eres capaz de reconstruirte.


Y recobras esa disposición de adentrar en el enigma de tu cabeza pegando recortes de papel que articulados sufren una metamorfosis, en virtud de la cual tu realidad y la suya son una misma.

Sus mínimos rasgos dan fe de tu fragilidad y fealdad, de tu débil naturaleza, de una historia cuyo final se desvanece en la locura.

Son resumen, y también sarcasmo, y además una continua transgresión de unos valores que se han erigido como eternos aunque se hayan corrompido después de tanto exponerse por una senda extraviada.

Y yo sigo padeciendo la soledad del vagabundo en un malecón que no se despierta nunca. De noche sueña y vive, de día duerme para no ver los fantasmas hostiles que se arriman a sus muros en busca de la carroña que el alma nocturna ha abandonado en la lepra de sus piedras.

Cuando la luz alcanza la penumbra, tomo un trago de ron y comienzo la ruta de regreso, siempre por la sombra, no vaya a tropezar con una claridad que ciega primero y mata después.

GRAN APAGÓN

Pedro Pablo Oliva, el gran artista cubano, es el culpable de este «Gran Apagón» que dejó el malecón huérfano de vírgenes mulatas y empachado de soledades fortuitas.

Y yo me he quedado solo en él pues mi amigo Humberto se ha ido a colonizar la Galia con su pintura, cargada de rostros que debido a su fealdad no se permiten soñar. Sean o no fantasmagorías de la razón o de la enajenación, son iconos de la cubanidad que se expresa con un propósito perpetuo y fechitista.

Oliva, en cambio, es cara y cruz de lo que siente según lo va creando, por eso pinta una humanidad enana, tirada en una esquina, absorta, como muñecos dormidos o muñecas insomnes, pensadores de lo absurdo de una existencia que nada tiene que ver con ellos y cuando lo tiene es para hacerles más pequeños e impotentes.

Coreografía tierna e irónica, de luces y sombras, de cuentos de hadas y de lobos tozudos, que siempre nos encuentran y ya no nos abandonan.

MERODEANDO

Estos músicos merodeadores que acechan nuestra mirada nunca descansan. Te despiertan al alba y ya te están interrogando con sus instrumentos. Les parezco un ser horroroso y fanático, perteneciente a un género humano que siempre está odiándose.

Ellos conciben la belleza que encierra su naturaleza como la única vía para construir una vida en paz, lejos de la barbarie humana. Jamás disputan, constantemente interpretan, dialogan e inquieren.

Son creadores de una obra que satisface sus propias necesidades musicales y estéticas y utilizan a un humano, James Ensor, como el catalizador de los significados ocultos que quieren seguir siéndolo, pues nunca seremos capaces de determinar ni dar por concluido hasta qué punto el espíritu humano puede sumergirse en sus secretos (Goethe).

Mi amigo Humberto y yo nos asomamos a su mundo, del que precisamos conocer su esencia para imbuirnos de su historia. Divisamos entonces un horizonte puro, autónomo, lleno de líneas desnudas, de concavidades escondidas, de hondas matrices, y quedamos absortos, en silencio, hasta que nos dimos cuenta de la que la esencia es ignorancia de su propia finalidad.

Perpetuamente nos enfrentamos a los dichosos y desdichados límites y perpetuamente renegamos por nuestro desamparo, que sin el ron sería un cercado para convertirnos en habitantes en tinieblas.

MIEDOS

Yo tengo miedo del otro, del que está enfrente de mí o detrás, del que me rodea, del que me habla y no me dice nada.

Veo sus rostros macilentos, feos, sus bocas asimétricas, sus dientes negros, sus orejas simiescas, sus narices aplastadas.

Tengo miedo hasta el instante en que mi autorretrato en el espejo o en el lienzo me equipara, me horroriza y espanta. Ya soy otro devorador de sus tiempos y los míos, por eso dejo que la sangre corra por mi cara y que al llegar a mis labios me entre en la boca y me duerma con su sabor.

Karen Apel ha empastado el color de esos sueños en soledad, meretrices insatisfechas por el pago, prostitutas irredentas que nos condenan a no llevar máscaras, a mirarnos, en la vejez, con el odio de nuestras desdichas y envilecimientos, con el rencor de ser mortales en un mundo que ha decidido dejar de serlo.

Hoy no podemos faltar, es alba de resurrecciones en un malecón que ampara a un mar mestizo y sinuoso plagado de ondinas filiformes y habitantes hambrientos de cuerpos fugaces. Con toda su majestad intacta, paseaba la hermosa mulata Jeanne Duval, de la que estuvo enamorado Charles Baudelaire y que describía como «bruja de flanco de ébano, hija de mediasnoches negras, más deliciosa que el opio». Después de verla, mi amigo Humberto y yo envejecimos porque ese inolvidable momento tuvimos que retribuirlo con veinte años de nuestro mermado tiempo.

ENCUENTRO CON LOS MÚSICOS

Siempre me ha fascinado la representación de los ojos y las manos en el arte latinoamericano, ellos solos podrían escribir, y de hecho lo hacen, toda una historia de dolor y sufrimiento.

Son ojos que se han hecho grandes de tantos amaneceres duros y crueles en una geografía hostil, en una tierra que da para los que ya tienen y es árida para los que necesitan. Ojos con un hambre que de tanto maldecirla acaba en sangre.

Y unas manos enormes y ásperas condenadas a realizar un trabajo de siervos, a una vida de esfuerzos inútiles y pieles marchitas nada más nacer.

En el artista peruano, Juan Carlos Ñañake Torres, y en esta obra, «Músicos», se cruzan corrientes estéticas europeas y americanas en aras a configurar un universo apegado a sus propias raíces, al de una figuración que ensambla planos cromáticos pálidos y atenuados en una geometría de cuerpos que quiere ser símbolo de alegría y sempiterna resignación.

Podríamos hasta perdernos en referencias heterodoxas a vidrieras y retablos que emergen desde altares precolombinos o iglesias bizantinas. Sea lo que sea, Ñañake los ha bautizado de nuevo. Y han prendido en nuestra mirada otro inédito imaginario visual.

Mi amigo Humberto le estaba dando vueltas en su cabeza a lo que un «atrás del palo» le acababa de decir: «Uno se muere de ser genio pero para comer tiene que haber dinero». Entonces, viéndole apurado, le conseguí el encargo de un retrato a una morocha rica. Cuando le llevé la buena noticia me dijo: «A mí con un buen trasero me basta, con tal de que la piel no rechace la luz».

LOS NAÚFRAGOS DE LA MEDUSA

Thedore Géricault, el gran pintor romántico francés, pintó esta gran obra maestra una vez que había abruptamente roto sus relaciones con la mujer de uno de sus tíos, dejándola embarazada y desamparada. Fue expulsada al campo y su hijo dado en adopción. El escándalo se mantuvo en secreto hasta un siglo y medio después.

Atormentado por la culpa y la cobardía, se encerró durante dieciocho meses hasta dar por terminado el inmenso cuadro que presentó al salón oficial parisino en 1819, cuando contaba la edad de 27 años. En él se refleja el dramatismo incontenible de otra traición, la del capitán del «Medusa», que ordenó cortar las cuerdas con las que remolcaban a las 147 personas que se refugiaban en la balsa. Sólo se salvaron diez y algunos de ellos gracias a haber devorado los cadáveres que les rodeaban.

La desesperación del pintor cuando supo que no sería comprada por el gobierno fue enorme pues le dejaría sin el gran reconocimiento al que aspiraba. Entonces era el cuadro histórico el que daba la verdadera talla de un pintor.

Géricault ha tratado de expiar su traición con la obtención de la gloria por su ensalzamiento como creador de una monumental obra que recoge la inmensa tragedia fruto de otra traición. Pero fracasó.

Dos traiciones, dos tragedias. De una nos queda un testimonio inconmensurable, de la otra, la desventura de un artista que intentó después suicidarse varias veces hasta que finalmente, debido a una caída de un caballo, murió a los 32 años.

Mi amigo Humberto y yo hacemos cuentas y no nos salen las innumerables traiciones que tuvieron cabida en este malecón malhadado. Y al empezar con las tragedias tuvimos que detenernos, eran tantas que ni en los kilómetros hasta el puerto cabían. Mejor dejar que su memoria se pierda al sol de la mañana pues ya la sombra sabrá depositarlas en el recuerdo dormido de unos habitantes que ignoran que el sueño es una gran derrota.

UNA MIRADA SOBRE EL SUFRIMIENTO

La artista alemana Kathe Kollwitz nos legó una obra en que el sufrimiento y el arte, sin una voluntad inicial predeterminada pero que al final se manifestó como el fondo del pathos del que partir, se fundieron en una aleación de muerte y horror.

En esos dibujos quedó testimonio irrevocable de los años de acero del siglo XX, en que el hambre, la guerra, la miseria, el dolor, la muerte, hicieron que de sus manos temblorosas, heridas y agotadas, las fisonomías alcanzasen otra realidad, un espanto que se grabó como divisa de una humanidad que luchaba por su supervivencia y también por su derrota y extinción; ésa es la contradicción reflejada, con una mirada ciega, en un rostro que ya dejó de huir de tan ominoso horror.

El arte nos hace más visibles, más sublimes y palpables, estos delicados trazos de lo que nunca querríamos ver pero que están ahí. Y nos queda mucho silencio para contemplarlos.

Mi amigo Humberto y yo asistíamos a un día de difuntos en el malecón. Del ron trasegado se alzaban letanías en pos de vernos en la otra orilla antillana, pero el murmullo marino se tragaba nuestros rezos para evitar huidas de unas bendiciones execrables impartidas por las locas hechiceras que habitaban la penumbra.

CORAZÓN VIEJO

En Baja California nos encontramos con un artista mejicano, Roberto Rosique, y este «Corazón Viejo», que él ha construido con la magia de lo que hay dentro de lo físico y que está esperando que un buen explorador lo halle.

Los creadores que conciben y fecundan desde esta base material sus métodos de expresión poseen como una mediación orífice que les permite adentrarse con gran facilidad en estos terrenos y superficies, conociendo en cada momento el potencial característico de su naturaleza y su adaptación al proyecto del artista.

Y de esta forma se llega a la plasmación que viene después, la que conforma el encaje de la obra al lenguaje del tiempo mediante los rasgos estilísticos que le confieren autenticidad y autoridad, la que hace que nos seduzca por abrirnos una imagen, una visión, que guía nuestra mirada por unos cauces que intuitivamente estábamos esperando para saciar nuestra sed de ver bajo otros espejos.

Roberto lo ha conseguido por llevar permanentemente su oficio a apelar a instancias cada vez más plagadas de recursos, estímulos y consecuciones plásticas paralelas entre realidad y vida.

En esta obra, el corazón, un inmenso pulpo, se agarra inútilmente a una coreografía que lo está enterrando en un túmulo de acero para que su descanso eterno sea un colosal lamento. Así sea.

Sentados en el malecón bajo un día que se está convirtiendo en noche, le pregunto a mi amigo Humberto si sería capaz de pintar el silencio. Me contestó, sin dudarlo un segundo, que por supuesto, que sólo necesitaría diez ocas, veinte gallinas, cinco perros, tres jicoteas, dos puercos y una arrebatada. Enmudecí.

CHAMÁN

Las huellas del horror, los rastros de una vida encubierta, los indicios de mundos zoomórficos, pueblan nuestro imaginario de delirios.

Joseph Beuys, considerado el artista más influyente en la última posguerra alemana, oficiaba de chamán (o por lo menos tal función se le atribuía) extrayendo del mito, de la materia, de la leyenda y el folclore, iconos que representan el poder, la violencia, la amenaza, la agresión, aquello que, en definitiva, tomamos como fruto de nuestras propias pesadillas.

Son símbolos de los que ya no podemos prescindir, un referente en nuestra visión contemporánea y que forman parte de una introspección a la que en todo momento estamos abocados.

Cuando llegué al taller de mi amigo Humberto, estaba ante un lienzo con un loro en el hombro. Le pregunté para qué le servía y él me contestó que le ayudaba a no desviarse del camino trazado.

De lo cual me di cuenta después, cuando una fogosa mulata pasó ante nosotros, que el loro exclamó: ¡atrapa ese contorno! ¡Ahorma ese pubis! ¡Perfila esos senos! ¡Levanta ese trasero!

Al final, aprendimos a ver con los ojos del maldito pájaro -que se proclamó el mesías de las aves pintoras-, pero para entonces viejos, ciegos, cojos y cansados como estábamos, ni al tantear y acariciar con la mano, pudimos saber si era una virgen mestiza o albina impura. ¡Tanta impunidad hay en el oficio de forjar quimeras para un futuro sin presente!

BOCA ABAJO

Las imágenes boca abajo provocan sensación de vértigo, de pérdida de equilibrio, de caída mortal y hasta de fin del mundo.

Gorg Baselitz, artista alemán, que desde 1968 sólo pinta sus obras boca abajo, plantea un desafío al espectador conforme a lo que él concibe como una percepción racionalizadora, consistente en la inversión del orden de apreciación del objeto visual, comenzando primeramente por lo matérico, la textura y el color.

Pero también emplaza al observador para que la mirada, desconcertada y sin puntos de apoyo, busque dentro de sí las referencias más irracionales e inverosímiles con las que confrontar este nuevo enfoque de la idea plástica, en un intento desesperado de componer un nuevo orden.

Tal formulación pone a prueba nuestra capacidad de recipientes y receptores y suscita un dilema que aborda la persistencia de convenciones y prejuicios, la primacía del sentimiento y emoción de lo estético, la adaptación a las transformaciones en nuestras relaciones con la imagen y los derroteros del hecho artístico.

Y en este terreno, además de los recursos ideográficos con los que contamos, también juega la visión de lo que queremos y nos imaginamos como contrapunto de lo que somos y donde estamos.

Al penetrar en el taller de mi amigo Humberto me encuentro en el caballete un retrato de mujer de cuerpo entero. Me extrañó porque últimamente sólo pinta jergones desnudos en cuartos oscuros, donde se echa a dormir para palpar soledades.

El cuerpo estaba cubierto con un tejido de gasa que dejaba entrever sus armónicas formas. Se trataba de la mujer de un cliente, pero me aclaró que únicamente el rostro era de ella, el resto pertenecía a una modelo mulata que encontró en el malecón.

– ¿Y qué le ha parecido al cliente?

– ¡Triste miseria! Quedó tan complacido que lo primero que ha hecho es pedirme el teléfono de la modelo y salir corriendo a llamarla.