INCAPACIDAD
Yo nunca sé ver un cuadro, sólo lo percibo gracias a la intuición de una mirada que busca insistentemente las señales que se supone que debe emitir. Cuando las encuentro, considero que he de acentuar el conocimiento, examinar cuál es la concepción que me sirve en esa mutua interrelación.
Estos lienzos de mi amigo, el pintor cubano Humberto Viñas, constituyen una realidad que quiere explayarse con lo visible desde lo abstracto invisible de lo musical: unas mujeres fornidas desnudas que con su violonchelo inundan de notas melancólicas un malecón silencioso que estuviese aguardando una muerte largamente anunciada.
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Y hacen posible lo imposible: una transfiguración que nos permite verlas a nuestro lado, tocar su piel, acariciar su cuerpo, besar sus diminutos senos. Lo peor fue que tanta belleza se diluyó cuando, a traición, llegaron las sombras y los sones melodiosos retornaron a su naturaleza original de sonidos vibrantes.
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- Ya en el taller, insistí en que mi mano condujese la suya y no al revés; tenía derecho, después de tantas telas coloreadas, a pintar sabiendo, por fin, ver. Pero no fue posible; él, ante mi impotencia, retomó la dirección y, como gran demiurgo de penumbras que era, ordenó siluetas, formas, líneas. La gran mancha rojo de fondo -la quiero llamar así- anegaba de llamas un icono musical dedicado a Eros (el rito dionisiaco del cuerpo por delante de la cabeza). El blanco rosado de la carne se consumía en ese incendio y los cuerpos se movían a la captura de ese éxtasis sinfónico magistral.
- Al llegar el alba se nos había acabado el ron y no sabíamos si había sido una revelación o fruto de un anhelo que nunca habíamos dejado de perseguir. Pero no, allí estaban y allí las dejamos que siguieran pulsando un aria que se prolongase en esa eternidad sin horas que a mi amigo Humberto y a mí nos está alcanzando.
LOS SIMBOLISTAS

Delacroix, en una de sus declaraciones, auguró la aparición de los simbolistas:
«En su alma el hombre tiene sentimientos innatos que los objetos reales nunca lograrán satisfacer, y la imaginación del pintor y del poeta pueden dar forma y vida a estos sentimientos».
Con ello ya estaba proclamando el nuevo sesgo que la pintura había de tomar, una dirección que abandonaba la mímesis de lo exterior para hacer visible lo interior.
Y añadía:
«Hay un viejo fermento, una tenebrosa profundidad que pide satisfacción».
En estas palabras se condensa lo que después serían las preocupaciones estéticas de un Gustave Moreau, un Pierre Puvis de Chavannes o un Odilon Redon, sin olvidarnos de Gauguin.
Maurice Denis, ya en ese camino, escribía a Edouard Vuillard: «cualquier emoción puede ser el tema de una pintura».
Y Gustave Moreau, uno de los grandes protagonistas, manifestaba que «creía sólo en lo que no veía y únicamente en lo que sentía».
- Odilon Redon, otro de los grandes protagonistas, decía:
- «Quiero hacer vivir seres improbables como seres humanos en cuanto sea posible, aplicando la lógica de lo visible al servicio de lo invisible».
- «Someter las tormentas de la imaginación a las leyes del arte para llevar al espectador hasta las fronteras del pensamiento».
- Como colofón, hemos de señalar que los simbolistas consideraban el arte no sólo distinto a la vida sino superior a ésta, en el sentido de que la verdadera es la creada por el arte. Fueron asimismo precursores del surrealismo, incluso del expresionismo abstracto, del tachismo o del realismo fantástico.
RAFAEL PIEDEHIERRO
En Rafael Piedehierro revive el artista renacentista. Pintor, escultor, ceramista, fotógrafo y poeta, en él desagua un manantial de múltiples fuentes culturales, pero todas encauzadas a la idea del hombre y su destino.
Mantiene un duro pugilato con lo que la naturaleza humana va desvelando de sí misma y de ese combate siempre sale con magulladuras, aturdimientos y tristezas. Su obra, y en concreto la serie «Las personalidades del hombre», es fruto de un melancólico escepticismo, un moderado pesimismo y un lúcido desconcierto.
Sus rostros son aullidos de nuestro futuro, trasfondo de nuestro pasado, gárgolas monstruosas que asisten a un corrosivo ceremonial mortuorio. Él, en su vertiente de escultor, como Rodin, modela sombras para descubrir el pensamiento y lo que descubre no quiere verlo.
Este artista y humanista extremeño tiempo tiene de seguir vertiendo pensamientos, signos, formas, en una labor constante que guarda significados en tumbas que después descubriremos como tesoros escondidos en cofres.
Mi amigo Humberto y yo desertamos de un taller al que ya le cubren clamores de silencio, y nos vamos al malecón a esperar la hora de las rumbas.
El mar sestea y las sirenas mestizas cantan como si se celebrara la fiesta de la libertad. No se han dado cuenta que a un himno sin ron, atabales y congas ya no le queda nada de ella.


