Vejez y fealdad, vejez y declive, vejez y decrepitud, vejez y enfermedad, vejez y muerte. Constituyen los binomios decisivos de una existencia.
La Edad Media desdeñaba la decadencia humana, el Renacimiento exaltaba la juventud y belleza del cuerpo y juzgaba abominable la deformidad de los viejos.
Du Bellay escribió:
Señora vejez
No me ha dejado más que piedra en los riñones,
Gota en los pies y verrugas en las manos.
Destino biológico inapelable, la vejez, en un creador, es esa angustia por lo que todavía está por hacer, por dar a luz, por culminar la forma definitiva. Incrementa desesperadamente el ansia por dar fin a una obra que él mismo sabe que nunca se va a terminar.
Swift manifestaba que la vejez, además de decrepitud, es la soledad del exilio.
Y en el siglo XIX, Lamennais se preguntaba: ¿qué es un viejo? Un sepulcro andante.
Y en «Fin de partida», Beckett fustiga nuestra impotencia ante la degradación final.
Simone de Beauvoir confiesa; «la vejez es un destino, y cuando se apodera de nuestra propia vida nos deja estupefactos».
Y, por otro lado, el psicoanalista Martín Grotjhan señala que nuestro inconsciente ignora la vejez, mantiene la ilusión de una eterna juventud.
Al final, mi amigo Humberto y yo nos asomamos al malecón habanero en una noche de llanto y nos conjuramos para escapar de ese destino aciago, dejando que nuestros cuerpos se sumerjan en un mar que todavía baña de infinita belleza las arenas de nuestra piel.









