Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
No hay necesidad de esconder lo que es el soplo de la circunferencia existencial por la que ha transcurrido tu pasado para circunscribir el ideario plástico del presente.
El artista cubano Fonseca, al igual que Lam, ha heredado el espíritu de la formación de unos orígenes que no han dejado de hablar y manifestarse aunque eran pocos los que captaban la riqueza antropológica y cultural que fundamentaban su esencia como paradigma de lo que años de hibridación han identificado como caribeño, antillano, cruce de identidades, mestizaje de significaciones, pueblos, razas y sangres.
Él nos invita a contemplarlo en una obra cargada de ramificaciones, secretos, mundos paralelos, criaturas que por fin se ven y se tocan, ídolos que son perennes a fuer de invictos señores ancestrales.
Imágenes cuyo misticismo no aquieta, no piden silencio y recogimiento, sino fusión de sangre y vida en espacios con sonidos sagrados de percusión y danza.
Hoy, me dice mi amigo Humberto, he escupido ron en la tela y ésta se ha puesto sin mi ayuda a embadurnar primero y moldear después la huella más intransferible que haya visto. Pues utilízala, le contesté, cuando se le haya pasado la resaca, no es tarde, todavía, para que cuando amanezca nos insufle claridad en esta penumbra.
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