Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Parecería que un navegante tuviese el poder de descifrar y recrear los movimientos del aire materializándolos en la superficie hasta hacerlos una misma creación con el suelo, la tierra, el mar y las rocas.
Con ello nos estamos refiriendo al español MARTÍN CHIRINO, que antes de ser escultor fue un eje que armonizaba vientos, olas, arenas y granito en su Canarias natal.
Construyó estas esfinges de la naturaleza porque de alguna manera tenía que tratar de verlas, no sólo percibirlas, para dialogar con ellas, acariciarlas y ritualizarlas.
Una invitación la suya que nos concierne en su máxima dimensión ya que esa visualización, a través de esa conjunción táctil y física, nos incluye en sus fisonomías, en la magia que respiran, en el aliento que despiden y en la seguridad de que no estamos ciegos, de que nuestros presentimientos dentro de ese orden nos ofrecen modulación y energía.
Mi amigo Humberto ha estado dándole vueltas toda la noche a una frase de Rotker que está prohibida en El Malecón:
«La cultura es, por definición, el territorio donde toda imaginación es posible y donde todo pensamiento libre tiene su lugar; es también el punto de refugio de los dogmas y de los absolutismos».
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