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Otra vez estamos con un autor ligado a COBRA. Es fantástico imaginar como un universo de signos cala a fondo en estos artistas, como si estuviesen desesperados en encontrar esos demonios que nos acosan pero no podemos identificar.
Claro que el holandés ROOSKENS los tenía tan cerca, después de mucho buscar, que los agarró bien fuerte. Al final los hizo sus amigos, les dio de comer y beber, y ellos, a cambio, abrieron sus rasgos, fisonomía y naturaleza, se dejaron amar y de vez en cuando maldecían su suerte.
Transmitieron, informaron y revelaron , sólo así esos espíritus inconformes, insatisfechos podían trasladar al soporte su cólera por arribar a un mundo y un entorno en que la historia es un personaje execrable y el arte un bufón que se expone a tragarla y venderla. Los interlocutores que se acercaban, los contemplaban y seguían su caminar en silencio, no sabían hablarles, ya no digamos si eran capaces de articular una sola palabra.

Abominaban del castigo que les habían inferido, únicamente por el hecho de la soberbia de haberlos encontrado y trazado. Si eran un misterio, deberían continuar siéndolo. ¿Acaso nadie quiere quedarse en su limbo carente de angustia?
- Ven a los que les observan y perciben su aliento de muerte, la cual desconocen porque son convicciones que nunca han perdido la fe. De todas formas, antes o después, de no sentirla, hubiesen sucumbido. Antes o después, de no vivirla, se hubiesen extinguido.
- Mi madre, de ochenta y cuatro años y herencias indianas, me dijo que El Malecón ya era viejo cuando nació. Y como tampoco le cree, morirá para volver a nacer.
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