En un paseo nocturno por la ciudad de Saigón (ni los propios vietnamitas se han acostumbrado a nombrarla Ho Chi Minh) tropiezo con la obra de HUNG, artista local, casi tan afilada como la hoja de un machete del vietcong.
No recibiría mayor sorpresa si me hubiesen dicho que estas furias habían emergido del fondo del delta del Mekong, que como tales eran fruto del inmutable en oposición al inconstante (adagio chino). 
Sobre esa base de leyenda se alza la formulación figurativa de una conspiración que conjura luz y sombras, esplendor y desolación. Cuando lo sagrado irrumpe en lo profano lo contamina de confabulaciones jalonadas por una verticalidad intrincada que busca la vida en el limitado soporte.
Las formas grávidas de color adelgazan si se ven llenas, vuelan si se acercan al útero, revolotean y bailan si celebran el júbilo de que les vean. No descansan ni cesan en su llanto o en su asombro.
Para ser un artista de tan lejos, su quehacer es cercano y el planteamiento firma la universalidad de un arte que sólo está vivo si sabe expresarse como una estrella dorada en la onda del viento.
Después de un largo y entretenido regateo (para los asiáticos es un hábito insustituible) me quedé con una de sus pequeñas piezas, el de una cabeza que resumía misterios sin hablar.
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