No hay que descalabrar nada, todo está ahí, es fácil vislumbrarlo por muy remoto que sea. Si las teorías están agotadas, el arte sigue sin estar exhausto, por eso ha de seguir engañando, sorprendiendo y maravillando.
Eso es lo que hace el argentino LÓPEZ ARMENTÍA, que emprende una obra de barruntos y sospechas sobre como es un mundo salido del soporte, que una vez rasgado muestra signos texturizados, señales, formas, figuras ancestrales.
Cosmogonía plástica que se hace lenguaje, historia, mito en la parca certidumbre de un espacio que ha abierto esas coordenadas para celebrar esa ficción que ahora llega.
De haber dudas sobre el origen, con esta pintura se despejan varias de las relativas a su forma de configurarlas, penetrarlas y auspiciarlas como un rumbo de encuentros y huellas seculares.
La visión reclama sendas de memoria, calibre del ámbito y sensación de las tramas y contexturas, de la pigmentación transformada, del fertilizante alfombrado. Todo un amanecer que se desgrana sin pedir nada, sólo saber que más que nunca es una entrada.
Y busco en el monte amparo,
y busco en tus senos cuna.
Que no me cubra la luna,
que la sombre me dé amparo.
(Blas de Otero).
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