A la pintura no hay que exigirle una representación locuaz y única, que desborde y derroche en todas sus epifanías. Lo que es coherente es que refleje una visión múltiple desde perspectivas aguzadas hasta abordar formas que no lo parecen o solamente se conjugan consigo mismas.
En lo que se refiere a la obra de la portuguesa ANA MARÍA, el proceso de realización es minucioso y meticuloso, los espacios se agrandan conforme se vierten los fragmentos de una narratividad que parte de opciones de distintos parámetros.
No son rompecabezas cuyos jeroglíficos estén señalados de antemano y predeterminados, pero de tratarse de un puzzle, los enigmas maravillosamente dibujados y con una gradación cromática que es su refugio poético, son páginas abiertas de un mapamundi de historias y seres errantes, que pueblan la mirada de nuestras ansias de una fantasía que estaba harta de sed.
Vestigio grave soy de una congoja,
del ir y volver ciego de mi canto
llegado hasta la luz desde la nada.
(Enrique Azcoaga).
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