En el arte contemporáneo, dice Baudrillard, se ha perdido el deseo de ilusión a cambio de elevar las cosas a la banalidad estética. Pues bien, en amplia medida, el arte contemporáneo se dedica precisamente a esto: a apropiarse de la banalidad, del desecho, de la mediocridad, como valor y como ideología.
Los escenarios del danés CARLSEN incurren en ese juego de banalidad, desconcierto, pesquisa y sumidero. Es como un sínodo que en lugar de rezar se rasca el culo con una doctrina ácrata que apela al vino como motor del canto o del cisma.
No obstante, son artilugios, por llamarlos de alguna forma, que hablan ponderadamente, se expresan con un discurso epigástrico y nos convencen de que el arte es una dimensión que sin éxtasis y desvaríos se iría marchitando.
Entonces seamos banales, fútiles e intrascendentes, pero nunca anodinos ni hastiados, ni tediosos ni inapetentes. Un colofón, en suma, que deje un candado mínimamente abierto.
¡Dancen, pues, las caderas jóvenes,
y las bocas de amor se trencen,
buscándose las calaveras
y los fémures de la muerte!
(Eugenio de Nora).
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