Me escuecen la mano y la retina. Ser observador y luego hallar esa magia pictórica para plasmar unas escenas que le dan vuelta al naturalismo me hacen ser objeto de mi propia desmesura. Al mirar creo, pero al pintar la invasión de esos espacios no quiere ser protagonista, renuncia y los reinventa.
Es un erotismo que hiere, un asombro que permanece perdurable, una penumbra que habla por sí sola, unos celajes que se encienden, unos desnudos que me apasionaría que fuesen mi homenaje como creador y servidor de ellos.
Por Dios, me dicen, estas panorámicas ya no deben ser objeto de la plástica, están muertas. Mentira les digo, mientras los ojos queden dentro de ellas, de su interioridad, del reverso y de la recreación que suponen, siguen estando vivas y así quedarán para siempre.
La vida, qué región esplendorosa.
¿Quién escruta la muerte, quién la tienta?
A la horca con él. ¿Quién piensa en esa
imposible quietud cuando es la hora
para cada uno de morder su fruta,
de usar su espejo, de gritar su grito,
de escupir a los cielos, de ir subiendo
de dos en dos todas las escaleras?
(Mario Benedetti)