Esta madrileña, TABANERA, no serviría para ilustrar la teoría de que el arte más sincero es destrucción, amontonamiento de suciedad y desperdicios. El trabajo sinceramente creativo no se deleita en la construcción, sino que arremete con violencia contra su material.
Ella, al contrario, construye con una minuciosidad absoluta. Estudia las cualidades de sus materiales, de cada uno de sus componentes y elementos físicos y corpóreos, de las cualidades que han de requerir por sus referencias antropológicas, vitales, biográficas y existenciales.
Después llega su estructuración en unas instalaciones o esculturas que buscan la apoteosis y exaltación de los más sagrado y profano, de lo que se diseca y se mutila, del bien y del mal, de la verdad y la mentira, pero sobre todo de las emanaciones visuales que tienen un núcleo interrogativo, jubiloso o degradado de lo que nos rodea.

Erige sus obras como un compendio de un mundo que forma parte de su ámbito cotidiano, de sus elecciones plásticas, de sus visiones colgadas de un frenesí. Es su mundo y nosotros, espectadores, se lo agradecemos.
Hay que amar con horror para salvarse,
amanecer cuando los mansos dientes
muerden, para salvarse, o por lo menos
para creerse a salvo, que es bastante.
(Mario Benedetti)