Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Decía Nietzsche que, ahora, mediante las obras de arte se pretende el reposo a los pobres agotados y enfermos del gran Vía Crucis de la humanidad ofreciéndoles un instante de voluptuosidad, una pequeña embriaguez y locura.
La obra de la norteamericana WELD eso es lo que procura, un sosiego para ella misma y para los que la miran, un sumario cromático de tramas, urdimbres y texturas.
Son tonalidades, en suma, de paisajes mentales que bajo una intuición lírica despiertan la pasión por lo pictórico, la placidez de lo plástico, el transcurrir de lo apacible.
Todo indica que la humanidad va cuesta abajo, pese a sus logros o, mejor dicho, debido a ellos.