Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
El artista se enfrasca en una labor de desocultación, su pensamiento creativo está mediatizado por lo exterior, que, a su vez, él recicla tal que una experiencia a la que se somete aturdido.
Queremos y no queremos ver a esos personajes, esa realidad, y nos guardamos de tratarlos como lo que no son, pues lo que representan es una naturaleza humana degradada pero viva.
Y el impacto que provocan estas esculturas de la francesa WITDOUCK es una poderosa impronta plástica y la filtración de un ethos que nos desarma.
Señalaba Martin Heidegger que podemos caracterizar el crear como ese dejar que algo emerja convirtiéndose en algo traído delante, producido.
El francés BOTTOLLIER ha encontrado una forma de constituir un imaginario plástico, un traer ese algo, en que la creación ilumina otro cosmos hasta ahora desconocido.
La morfología de sus habitantes se basa en presupuestos formales en los que el diseño y el color, cómplices, han logrado configurarla con el estrépito de la fuerza y la energía. Su salvajismo es un canto vital y al mismo tiempo arcano.
La ilustradora y pintora cubana HILARIO despliega todo su bagaje dibujístico para desarrollar unas temáticas que le salen al encuentro en su deambular ciudadano.
Pero lo que debería tener una magia plástica risueña en su figuración juvenil, infantil o de cómic, adquiere en su proceso de transformación la creación de unos personajes con el desengaño pegado a la mirada.
El color luce, pero es que esa es la base, el lucimiento, y la concepción de la interrelación de las imágenes y las palabras es una vieja tradición transmisora de vitalidad y energía creativa.
Y que en la huida sólo me escuchen los sordos,
y que a hombros me saquen de esta plaza sin corrida.
Clement Greenberg aseguraba que la calidad artística no puede determinarse a priori, sino en función de un juicio involuntario e intuitivo. Lo de intuitivo es aceptable, pero lo de involuntario me suena a cuenta chino.
En la obra del francés CIANDRINI, estoy de acuerdo con Clive Bell en lo concerniente a que esperamos de ella y de todas las obras de arte que provoque emociones.
Y que el pigmento, las raspaduras, la materialidad, manifiesten un significado concreto, como alegaba Ortega, enviando a la vez una explicación biográfica de sus genes. Estos retratos, por tanto, desencadenan una visión epidérmica y expresiva de nuestra propia perplejidad al mirarlos.
Se considera, por lo que respecta a la evolución estética, que lo habitual es que las nuevas reglas canónicas emerjan con gran rapidez y después apenas cambien en largos períodos, hasta entrar en una crisis de la representación y desaparecer o sufrir una fuerte mutación.
Al japonés OKUYA las reglas le preocupan poco o nada, su obra parte de presupuestos estéticos donde el espacio se abre para visibilizar el sino de lo deformidad y monstruosidad, la violencia y la fealdad, el encanto de una singularidad que invita a desentrañarlo.
Lo que está claro es que es una visión alegórica y plástica de lo humano, su destierro de un territorio pacífico, su confrontación permanente en un paraíso en el que la metamorfosis es reina y cruel señora.
Se ha dicho que los conocimientos estéticos se experimentan emocionalmente y se reavivan de manera distinta en cada oportunidad.
La china PUI SZE siente vértigo al convertir sus creaciones en espacios que ocupan espacios. Son como topografías inalcanzables, pues su constitución es una genética de raíces tan ensambladas que solamente dejan transparentar su arbolada masa desde una visión aérea.
Pueden ser continentes que se significan una vez han extraviado la memoria de su historia, a la que tampoco necesitan por cuanto su destino es generar sensaciones y preguntas en la mirada.
Estamos cansados de oír que la producción artística y cada estilo es una manera de ver o expresar una determinada percepción del mundo.
Claro que ante la obra de este joven talento japonés, ISHIDA, desgraciadamente desaparecido, este epigrama se queda corto, porque contiene un imaginario que está por encima del tiempo y del espacio.
Nos sitúa, como decía Gombrich, ante un mundo de hechos y ante un mundo de valores, fruto de un ideario plástico de lucha contra la alienación y la robotización. Así que por medio de una figuración magistral nos advierte del ocaso de una civilización que cada día está más condenada.
La imaginación sólo es productiva y espontánea cuando está ligada a la capacidad expresiva. Y ahí, en esa búsqueda, partiendo de un sino abstracto, es donde está la clave que configura un mundo en la experiencia artística.
Primero es una percepción intuitiva, después una expresión gráfica sin descartar un cierto accionar metódico, y finalmente se consuma como un torrente de fragmentos y texturas cromáticas fríos, como radiografías topográficas de un sentir que llena el espacio para existir en él.
En el hacer del americano HIERSOUX se aprecia un estilo, una técnica, una tendencia, que manifestó de un modo peculiar una voluntad artística determinante de sí mismo y de su propio mundo.
El andaluz MONTES postula, en sus obras, una visión de lo que es escultóricamente consistente en base a que la razón fundamental es concebir la autonomía artística en términos de autonomía formal y libertad estética.
Por eso su modo peculiar de expresión, de raigambres grotescas, es fruto de una voluntad determinada y destinada a una percepción del mundo que se ve a través de esos humanos birriosos y nauseabundos celebrando su soberbia ya marchita.
Su impiedad es su hermosura, su don ingenioso la cultura del poder maldito, su creatividad el signo de una materia sin espíritu que empieza a amarse a sí misma.
El arte se compone de una mezcla de instinto, intuición, conocimiento, control, ojo, mente, nervios, dudas y constantes correcciones.
A continuación, como en el caso del madrileño LÓPEZ MARTÍN, que inaugura exposición en la galería Primavera de Madrid, viene la obra, como estos pequeños duendes sin brazos creados para que nuestra imaginación encuentre en ellos las referencia visuales que desde nuestra infancia nos faltaban.
De repente, al verlos, nuestra percepción es otra, está determinada de un modo distinto y nos hace habitar un mundo diferente, que si entraña juego, también consuma un riesgo y un peligro, cual es el de nuestro sino destructivo. Es una realidad que desprende pliegues visuales y conceptuales conforme al presentimiento de un talento estético siempre alerta.
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