JEAN MICHEL ALBEROLA (1953) / LA LECTURA PINTADA DE FRONTONES

Cuando se suponía que el arte de hoy era el fin de la estética feliz, «en nombre de una libertad excéntrica, pornográfica, conceptual, se instala un nuevo academicismo: el academicismo de la tecnología, el arte del motor» (Paul Virilio). Las nuevas imágenes de producción técnica pretenden aplastar a las otras. Pintar se considera un comportamiento inadmisible, casi cobarde (Enrico Baj).
Sin embargo, el francés ALBEROLA no ha renunciado, para él la pintura guarda todavía fuentes inagotables, que requieren, eso sí, una formulación más penetrante, cohabitando los caracteres más formales con los fondos más herméticos.
En sus trabajos podemos apreciar unas experiencias generadoras de formas incompletas, asomadas a unas ventanas que tienen dudas sobre sí mismas, sobre lo que representan e informan. Acopian auras sin emitir reflejos.
También desean transmitir signos desde huellas, manchas grandes que vivaquean, ni luces ni sombras, señas en todo caso que quedan bailando en el soporte.

Culminar, además, con palabras lo que sigue estando, pretendiendo vivir en la mirada cargada de incertidumbres abiertas y que lo estarán así porque no hay claves de respuesta.

En definitiva, una plástica sin contornos domeñados, sin interrogatorios ni sentencias, producida entre situaciones de misterio, fabricada para la sonrisa del ojo, la ironía del tiempo, el deslumbramiento de la emoción ahogada, seca, mal alimentada.

Murió mi eternidad y estoy velándola (César Vallejo).

ERNEST PIGNON-ERNEST (1942) / RECODOS

En cualquier recodo me encuentro la alucinación que me persigue. Será lo que decía Merleau-Ponty, que ver es, por definición, ver más de lo que se ve….
Este artista francés, PIGNON-ERNEST, sabe que la angustia contemporánea vertida como el espíritu de su obra hace que ésta tenga el concepto, tipo, número, medida, moralidad, utilidad, placer y dolor. Como antecedentes y como consiguientes. Por eso se dan o como supuestos previos o como presentimientos (Benedetto Croce).
Y es que caminamos con la muerte a secas, esperando una llamada que no llega, un ladrón de cadáveres que sí lo hace, o unas mujeres desnudas languidecientes por una pasión enterrada y con la extramaunción como un consolador sin el orgasmo febril y contento.
¿Qué es lo que nos aplasta? Una densidad pictórica entre la realidad más anodina y el espectro más inesperado, que se saben juntos y fruto de lo más virtuoso, que nos respetan como espectadores si somos capaces de sentirlos e impedir que se desvanezcan para poder masticarlos.
Ver esos cuerpos nos hace más libres, menos abyectos, aunque quisiéramos no ser como ellos.

Y cuando pienso así, dulce es la tumba
donde todos al fin se compenetran
en un mismo fragor;
dulce es la sombra, donde todos se unen
en una cita universal de amor.
(César Vallejo).

VOLKER STELZMANN (1940) / ¿QUÉ HEMOS DE SER?

¿Podemos decir que toda la actividad plástica en Occidente, igual que la filosófica, ha sido acometida desde un principio como una especulación sobre el ser?
¿Están en la obra del alemán STELZMANN los diez conceptos elementales del pensamiento aristotélico: sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo, situación, posesión, acción y pasión?
Lo cierto es que en la pintura de este artista, plena de figuración y realismo, todas las posibilidades están abiertas y se contemplan unas a otras. Pero es básico observar la interioridad de esos personajes, después su expresión, sus gestos, su rabia o su indiferencia. Uno es un Greco que con la mano en el pecho oficia de incrédulo de este devenir que ya está siendo.
Un cromatismo seco, calibrando una claridad que no está para fiestas, aísla contornos, recrudece la atmósfera que ambienta el espacio del que podemos obtener todas las referencias probables y oportunas.
Mientras las representaciones, que parecen palabras sordas (no hay una sola boca abierta), nos llevan a multitud de reflexiones, las imágenes en sí fundan un imaginario visual que es memoria viva, una historia que no se cuenta pues para eso se pinta.

Así pasa la vida, como raro espejismo.
¡La rosa azul que alumbra y da el ser al cardo!
Junto al dogma del fardo
matador, el sofisma del Bien y la Razón!
(César Vallejo).

CLOVIS TROUILLE (1889-1975) / AFINO MI SENSIBILIDAD

Con lo sagrado hemos tapado y también con lo que no lo es, pues queremos mitos transgresores que nos dejen embaucados, con la visibilidad a flor de piel y de espanto.
Para el francés TROUILLE, igual que para Michelet, la mirada era un elemento fundamental de su relación con el mundo, con los demás y con el pasado. Por lo tanto, sus obras, de ironía y caricaturas exacerbadas, están destinadas a esas miradas, negándoles la insulsez y la vacuidad, sirviéndoles de señuelo para clavarles el aguijón.
Ya los colores que informan su gestación se relamen de placer, se sienten libres para pecar sin confesión y castigo; no se reprimen y fustigan con agua bendita esas carnes o rebosan de confirmación papal esos ropajes.
Siendo una plataforma de figuración púdica, recatada, que no oculta la culpa sino que la eleva en virtud de su magnitud plástica, no importa la matriz de su expresión, le caben rasgos de todas o de ninguna. El resultado es lo que determina su condición bajo cualquier definición.

Neal, ahora somos héroes reales
en una guerra entre nuestras vergas y el tiempo:
seamos los ángeles del deseo mundial
y llevémonos el mundo a la cama antes
de morir.
(Allen Ginsberg).

ARNOLDO ROCHA-ROBELL (1955) / IMPEDIR EL OCASO

Bajo esos delirios sin desarmar, «el arte es siempre lírica, o si se quiere, épica y dramática del sentimiento » (Benedetto Croce).
En el caso del portorriqueño ROCHA-ROBELL, camino sin preguntar e imagino, tal es la fuerza del follaje y la boscosidad humanizada, vehículo de la simbiosis entre magia del saber de la savia y el culto impenetrable.
Pintura que hace de lo esotérico un lenguaje de fulgor, síntesis espiritual, un color que se niega a ser una incógnita aunque se mantenga en los límites de lo evidente y lo oculto.
Sin encerrarse en un cosmos tan sucinto, confiere a su forma configuradora un resplandor, que es el que marca la señal y el fondo de una obra que sin esa reverberación deambularía ciega, invisible, no accesible.
Pero no ha sido así, el fenómeno visual, plástico, ha tenido lugar y con él la culminación de una representación que tiene la clave del ser caribeño en el tiempo.

Escribe y sueña entornando
los ojos. El que así escribe,
está en España penando
y pensando en el Caribe.
(Blas de Otero).

GUSTAVO LÓPEZ ARMENTÍA (1949) / INFIERO Y NO CEJO

No hay que descalabrar nada, todo está ahí, es fácil vislumbrarlo por muy remoto que sea. Si las teorías están agotadas, el arte sigue sin estar exhausto, por eso ha de seguir engañando, sorprendiendo y maravillando.
Eso es lo que hace el argentino LÓPEZ ARMENTÍA, que emprende una obra de barruntos y sospechas sobre como es un mundo salido del soporte, que una vez rasgado muestra signos texturizados, señales, formas, figuras ancestrales.
Cosmogonía plástica que se hace lenguaje, historia, mito en la parca certidumbre de un espacio que ha abierto esas coordenadas para celebrar esa ficción que ahora llega.
De haber dudas sobre el origen, con esta pintura se despejan varias de las relativas a su forma de configurarlas, penetrarlas y auspiciarlas como un rumbo de encuentros y huellas seculares.
La visión reclama sendas de memoria, calibre del ámbito y sensación de las tramas y contexturas, de la pigmentación transformada, del fertilizante alfombrado. Todo un amanecer que se desgrana sin pedir nada, sólo saber que más que nunca es una entrada.

Y busco en el monte amparo,
y busco en tus senos cuna.
Que no me cubra la luna,
que la sombre me dé amparo.
(Blas de Otero).

JEAN-OLIVIER HUCLEUX (1923) / NO ME HE DECIDIDO POR NINGUNA DE ESTAS TUMBAS

Las hago de dos metros por tres durante meses y años, sin dejar un detalle, «en una minuciosa y extraña liturgia del agotamiento de una imagen» (Bernard Lamarche-Vadel).
Y no encuentro la que me conviene a pesar de haber pintado tantas y con tanta perfección para que sean yo mismo en el seno de un reverso luminoso, floral y con epitafio lírico contra la mortalidad del tiempo.
Me paso ocho horas corriendo cada mañana y todos los días, imaginando la parsimonia de la losa, si mausoleo o simple sepultura, si nicho o fosa. ¡Qué infinitud de lápidas!
El francés HUCLEUX, lupa de joyero fijada en el ojo y con un pincel de pelo único, se enfrenta en soledad al trazo de todo lo imposible que se hace posible en un trozo de suelo, pensando en el sarcófago y cortejo, en una inhumación tan real como ilusoria, que al colgarse se deja abierta y ya nunca se cierra por si es necesario dar la vuelta; siempre queda una mortaja que cambiar, un pitillo que fumar o un pecho mulato que tocar.

Maravilloso mar el de la muerte.
Tocar el fondo, al fin, tocar el fondo. No hender las olas en que hoy me escondo,
sino hacer pie pisando, ahondando fuerte.
(Blas de Otero).

DANA SCHUTZ (1976) / PLACER DE MIRAR

Desde el Renacimiento los retratos siguen siendo motivo de indagación -el arte del retrato, desaparecido desde el siglo V, fue recuperado al cabo de nueve siglos, en la Europa cristiana-. Es lo humano, nos decimos, es su referencia, lo que con el cara a cara no podemos captar, desentrañar.
Así fue como sucesivamente cambiaron, mudaron conforme a realidades, creencias, situaciones y circunstancias. Lo plástico se hacía necesario para que el placer de mirar se fundiese con la singularidad de aprehender y percibir. Y asimilar y discernir.
Sin embargo, la norteamericana SCHUTZ se puso en contra ante tantas y demasiadas apariencias, giros, perfiles, rasgos en círculo, ovales, se requería, visto el contexto social y cultural, otra manera.
Si no hay más circunloquios y evasivas, hay que ser lacónico y plantear una pintura de vivos anegados en su propia belleza del horror. Hasta la parturienta tuerce su mirada hacia el paisaje de un edén ilusorio, el suyo y en el que encaja.
¿Qué sentimos ante el impacto de estas formas a las que el color presta su carácter grotesco? Seguramente iluminación por lo que no se había detectado, de una elocuencia que ya no es la de mercado, se basa en el espasmo que penetra, en el dolor visual que al final nos ahuyenta.
Ya no hay bienvenidas para esos extraños, ni humanidad para sus despojos, sólo un buen lugar donde dejarlos a recaudo por toda una eternidad bien pagada.

El alma está serena, sentada.
El cielo extiende su papel difuso.
Este hombre vivió jugando y puso
su vida al tablero: lúcida jugada.
(Blas de Otero).

HERMANOS DINOS Y JAKE CHAPMAN (1962/1966) / TODAVÍA NOS FALTAN MÁS AUTORRETRATOS

Estamos ante la obra de dos depredadores, los hermanos CHAPMAN, que como buenos británicos son pacientes, circunspectos y mesurados. Tienen ante sí el desafío de comprenderse y que estos signos metafísicos entren en un sistema comunicativo dentro del contexto socio-cultural y acaben siendo un fenómeno histórico-social.
Sin embargo, no son necesarios tantos bombos y platillos, nos sale así, dicen, porque andamos buscando lo que somos, lo que nos retrata, los amores que matan, las mujeres que espantan y con el sexo intacto, las osamentas que pasan y te besan entre mascotas copiosas.
No queremos provocar sino filtrar, entre alharacas y bacanales, un mecanismo de oposiciones lingüísticas sin codificaciones abusivas, ¿o será a la inversa? Lo importante es que esta iconografía de autorretratos sea un exponente visual, estético, que forme parte de la histeria artística del nuevo Renacimiento.
Nadie puede negarnos esa ambición ni rechazarnos. Tampoco rehusar el prodigio de unos términos que se amparan en su contrario, al fin y al cabo somos dionisíacos del siglo XXI y ya no están de moda las persecuciones.
Entretanto, no hay altares que no profanemos y la alegría de bendiciones que dispensamos. Somos incontinencia y desenfreno, ironía, parodia y hasta dar por el culo a la novia. Sí, querido espectador, míranos bien ya que el sentido escatológico de esas piezas es tan tuyo como nuestro por mucho que lo mantengas oculto, escondido bajo una losa del baño o en la taza del retrete. De sacarlo, incluso tendrás coyunda con él.

Aquella muchacha que se casó conmigo,
un poco mulata y muy sentimental, se compró las Obras de Platón.
Tenía labios de mulata,
tenía al hablar un dejo de mulata,
tenía caderas de mulata,
se compró las Obras de Platón.
(Blas de Otero).

FRANKO B. (1960) / EL CUERPO TIENE MÁS EGO QUE YO

La soledad es la que mejor marca las incisiones en mi cuerpo. La exhibo para no perderla, pues de hacerlo quedaría indefenso ante la mirada de los demás, sabrían que estoy sin memoria y que ya no formo parte de un destino.
Por eso los perfomances, instalaciones, dramaturgias de este londinense que busca en su constitución la sangre que necesita para narrarse, dejando aleluyas de testigos tatuados y exaltaciones como recurso para verse de vez en cuando el ombligo.
Conforma un aparato vertiginoso, se esconde detrás de él y mientras los espectadores calculan el fondo del aguante, invierte los términos de la impostura. De salir victorioso, la eyaculación sanguínea penetra bajo una capa de turbiedad física y cromática hasta el simulacro final de la catarsis.
Cada acto que acomete es una variación de purga que se escenifica como el final de un vientre y el principio de otro hasta ser muchos. La verdad es que yo no podría con tantos por muy alborozados y prietos que estuviesen.
Contemplé tanto la belleza que mi visión le pertenece (Kavafis).