Saltar al contenido
Escribe Fernando Castro Flórez que es manifiesta la ambigüedad de las actitudes artísticas contemporáneas, resultando difícil saber si son formas de la resistencia semiótica, poses de franca decadencia revolucionaria o gestos de cinismo en los que la teatralización ha sustituido a cualquier estrategia crítica. Los radicalismos terminan por confesar su estructura paródica, la abstracción deriva hacia una ornamentalidad auto-satisfecha y el conceptualismo revela, en muchos casos, una impotencia ideológica mayúscula.
Tal cita viene a propósito de la obra de la colombiana SALCEDO, a la que recientemente se le ha otorgado el Premio Velázquez de las Artes Plásticas 2.010, que podemos encajar dentro de un arte de denuncia y testimonio, con una clara finalidad política y social. Lo que ocurre es que ya Robert Hughes consideraba que el arte político de hoy en día no es más que un resabio de la idea de que la pintura y la escultura pueden provocar el cambio social; sin embargo, a través de toda la historia de la vanguardia, esta esperanza ha sido refutada por la experiencia.
¿Estamos en este caso en la encarnación de esa gran capacidad, a la que él se refiere, aunada a una visión profunda que la convierte en arte y popular? El espectador es el que tiene que establecer esos parámetros desde su propia condición de conocedor, testigo y espíritu sensible, que hacen que la catarsis tome forma y tenga lugar en las propias emociones.
El Malecón, copiando al artista Billy Apple en su acción «Pasar la aspiradora», nos ha obligado a mi amigo Humberto y a mí a limpiar sus suelos y muros con un aspirador a pleno sol. Y nos recordó aquella frase de McLuhan de que el arte es aquello de lo que uno puede quedar impune. No lo soportamos, cada día se las da de más sabihondo.
¿La basura es basura según o no donde esté colocada? El trabajador de la limpieza de la Tate Britain de Londres no tuvo ninguna duda y por eso tiró a la trituradora lo que en apariencia tenía la condición de tal, ignorando que se trataba de una obra del judío polaco GUSTAV METZGER (1926), principal exponente del arte auto-destructivo.
Ante la desesperación de los organizadores el artista se avino a reemplazar la dichosa bolsa por una nueva, que desde entonces se guarda dentro de una caja por las noches.
- Pero no quedó claro la razón por la que a tal pieza se le impidiese consumar su destino dada su simbolización autodestructiva -creo que no tenía que haberse repuesto-, o lo que es lo mismo, su sentido teleológico. Y si además los desechos no fuesen los mismos, ¿de qué naturaleza serían las consecuencias que podrían derivarse?
- Lo que se omitió fue lo terrible de su final: la inmolación de una víctima, el trabajador, que fue despedido. Por no haberse diplomado en Bellas Artes, sería la interpretación, aunque se tachase de idea descabellada.
Y aquí viene la paradoja: el Troll de Fremont se colocó debajo de un puente de la ciudad de Seattle (EE.UU) para rehabilitar un espacio que se había convertido en basurero. La colosal estatua fue obra de cuatro artistas locales: STEVE BADANES, WILL MARTIN, DONA WALTER y WHITEHEAD ROSS.
Hoy en día este espacio se ha convertido en un sitio interactivo de una gran atención pública. Y ningún ciudadano se queja, ni siquiera amargamente, si la basura desalojada ha acabado en la Tate londinense metida en bolsas, que todo podría ser.

Totalidades cósmicas de signos multicolores con los cuales jugar, presentir, interrogar, transmitir, buscar, pensar, inferir, soñar, detectar, desear, viajar, explorar, describir, obtener, sensibilizar, sosegar, callar, monologar, comunicar, sentir, emocionar, alegrar, calibrar, descubrir. Y quedan aún más caracteres de intensidad y consagración.
La de esta artista etíope, MEHRETU, es una obra para la libertad desde una opción plástica que lo envuelve entero significándolo, invistiéndolo de espacios abiertos y flotantes, en continuo movimiento, torbellino de señales grafológicas, que aunque estén desesperadas o melancólicas, vibran por la armonía y el fruto del encontrarse a sí mismas.
Es tal la penetración de la conformación visual, que en la mirada se queda fijada incluso una vez la hayamos desviado del soporte, pues ese baile de espíritus no desaparece sino que continúa en danza en los ecos de una contemplación que tiene capacidad para adentrarse e infectarnos.
Horizontes, cielos, cúpulas, bóvedas, lo mismo nos da, el hecho es que esta coreografía no nos liga al vacío, simplemente nos somete a un abismo que vamos a tener mucho tiempo para observar.
Al chino LIJUN lo adscriben a un «realismo cínico» -desconozco sus orígenes porque no suelo asistir a tales bautizos- en un esfuerzo inagotable por el que el encasillamiento del producto ahorre la cuestión de otras identidades e inquisiciones.
Cínico o no, lo que la obra de este artista aporta es una visualización salvaje dentro de un equilibrio plástico muy medido y meditado. Sus personajes, tan crudamente perfilados y brutales, encuadran la búsqueda de un destino que creen que les pertenece. Y el acierto reside precisamente en plantear una iconografía que les es propia y desnuda tal como son.
Para la consecución de esta estética la pintura sigue estando ahí, siempre al alcance, después de haber sido dada por desaparecida. Incluso tras habérsele, no sólo postergado, sino también despreciado.
Sin embargo, su textura es una piel infinita que no deja de regenerarse y que a través de mutaciones, cambios morfológicos y transformaciones, nos ofrece evoluciones, nuevos lenguajes, derivaciones orgánicas inclasificables, figuraciones mágicas e inexpugnables, imágenes quiméricas y geológicas, soluciones vívidas e intransferibles, etc.
- Si en un momento determinado apunta indicios de agotamiento, en otro aparece su recuperación y resurgimiento en distintos marcos, territorios, contextos o ámbitos.
- Que para algunos ojos y miradas esta muestra abre dudas, también es posible, mas para otros es el reflejo renovado de una cólera tan antigua como la tinta indeleble que la hace real.
Decía Wilhelm Worringer hace ya muchos años que el existencialismo en las artes plásticas era un espacio rigurosamente vaciado, tanto anímica como espiritualmente, de atmósfera y de sentimiento, llegando a proclamar la muerte de la cosidad hasta convertirla en desnuda objetividad.
No hacemos más que detenernos antes campos de contemplación que nos involucran en dudas y silencios. También en asombros y raras emociones.
Con la obra del italiano DE DOMINICIS ocurre tal fenómeno óptico que no son necesarias explicaciones y penetrantes análisis, tal vez calladas incertidumbres y sospechas. Una plástica demasiado letal para verla pacíficamente. Y, sin embargo, no debemos dejar de saludar en ella la creación impertérrita entre renglones impropios, los cuales viene a solazarse con su impostura e invitarnos a acudir en distintas direcciones, secretas unas e inciertas otras.
Confiamos en haber asumido esa aparentemente invocadora estética sosteniendo intensos diálogos visuales y no permitiendo que esas formas reinicien de nuevo delante de nosotros, espectadores, lo que ya se ha consumido desde el origen. No hay que ceder al engaño, se trata de quedarnos en ese desengaño visual que atiza nuestra memoria con visiones imposibles de tan ilícitas y desnudas.
Por último, no pasemos ante estas formas sin decir adiós y esperar el reencuentro, haya o no haya tiempo para llevarlo a cabo, pues en el fondo de eso se trata.

Las colas ante El Malecón son las más grandes, no hay otro lugar en que sean tan explícitas y duraderas. Mi amigo Humberto y yo facilitamos el orden y un sonido sin desdén. Nos bañamos siguiendo estelas sucesivas y sacrificamos la huida al retorno. No nos dan ron pero nadamos como si estuviésemos envueltos en él.
Nos buscamos en el exterior esgrimiendo una bandera inútil o un grito impreciso, y si estamos dentro queremos salir para siempre de ese interior en que reina la fealdad y el destierro.
Y si se escapa uno configurando su propia incógnita lo tachan de ser un epígono que no sabe asumir la adversidad de que lo representado no tiene ya el misterio de lo sagrado. Sin embargo, el irlandés del norte COOKE postula que los códigos, todos los códigos culturales, reglamentan sombras vacías y lo que él pinta son excreciencias, espectros de espíritus impuros que únicamente abarcan contornos de clandestinidad muerta. Así han de llenarse para seguir más vacías y más comunicativas.
No son ni siquiera enigmas, las tonalidades en penumbra nos lo advierten, son opacidades que revocan lo que creemos ver, pues vivimos de apariencias pero no existimos con ellas. Necesitamos, aunque algunos piensen y declaren que ya no, que lo imprevisto no se agote, sea cual sea su significado y magnitud. El arte está basado en ello y no en una filosofía de la imagen que no es más cierta que una mirada ni más sabia que un sentido alumbrado en la tela.
Se trata de que el lenguaje plástico palpite y extienda esa palpitación, ese latido a donde no lo había, llenando de este modo esas concavidades de siluetas y mundos febriles.

- Cuando una hija es un desaparecido más de la dictadura, el encuentro con el revestimiento no es ningún simulacro ni hay un desvanecimiento que suplante al cuerpo ocultado y quizá ya desangrado.
-
Los tiempos cambian las imágenes y las imágenes los tiempos. Y al pasear la vista por esas duraciones traducidas en espejos, lo que se nos devuelve es una historia que quiere recuperar un hecho artístico configurado desde el prisma más intransferible.
El mejicano de procedencia española, GIRONELLA, involucrado en La Ruptura, tuvo en las latas vacías y en las hoces de su figuración el rumbo pleno, visual, evocador de un territorio que transita en la pintura y vive de ella. Es una biografía plasmada en retomar lo que no se puede revocar pero sí reciclar, sentir, asumir y admirar.
Ha presagiado que el no despojar es un sentimiento por el que hay que guiarse desde que se empieza a ser y actuar, a obrar y reflejar, a construir y refundir, a ir de dentro hacia afuera. Para siempre es más que un oficio, más que celebrar el dominio sobre lo que ya se sabe del proceso, sobre lo que ya se ha contemplado y se deberá seguir haciendo hasta cumplir el ciclo inevitable y definitivo.
También es no dejar nada en el olvido y que el recuerdo tratándolo como otro nunca renuncie a ser el mismo.
Al amanecer nos asomamos a un cementerio ruin que evoca y fija nuestro rostro en una mueca de escepticismo. De estos rasgos la memoria conserva la lectura de unos jeroglíficos cromáticos crueles, despiadados, sin negar lo que asoma en ellos.
Por ello, la alemana residente en el país vasco, STAMMEL, no rehuye el transcribir claves de las arrugas, cortes, llagas, rozaduras, erosiones que conforman una biografía que nace contra el tiempo aunque su resistencia sea inútil.
Las facciones, al contemplarlas, no revelan identidad alguna, al contrario, inoculan una a una el misterio de una existencia que se infiltra en la mirada del espectador hasta agotar el apremio de una indagación que es un constante ida y vuelta.
De todas formas, el impacto no nos impide reflexionar en la imperiosa y enérgica fuerza del simulacro, a modo de una técnica y una plástica que no se han dado por vencidas cuando de relatar el centro de superviviencia se trata. Es decir, una manera de entender el arte como interlocutor propio, como legado histórico que se desarrolla en una nada poblada de pensamientos y actos en busca de una dimensión pintada.