Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Para ser un buen retratista tiene que darte un paseo por el infierno, encontrar lo que buscas, subir al purgatorio, purificarte, y, finalmente, descubrir el rostro que te observa.
El irlandés WALSH no dejaba que los rasgos fuesen una copia en un espejo, sino un viaje anubarrado y ventoso que tiene una dimensión de vida encadenada a la muerte.
De microidentidades pasan a ser macroidentidades, de ideales estéticos a desarrollos plenos, multifacéticos, y de uno solo salen múltiplos de tres o más.
Al ver las cosas más de cerca no se las puede amar más que en la medida de su irrealidad.
Se ha considerado que, en el terreno teórico, cuanquier obra de arte, en cualquier tiempo, es, a su modo, vanguardia, porque crea valores que antes no existían.
La herencia del primer hombre es la luz de la primera desesperación.
El aragonés VELILLA, en su obra, deja que la pintura se cargue de una espiritualidad secularizada, pagana, simbolista, verenadora de un mundo que se fue para volver.
Lo que en el fondo le palpita es utilizar esa herramienta que es la plástica, en aras de una molduración en la que figuración meditabunda forme mediante la sabia aplicación cromática un relato metafísico y definitorio.
Sus lienzos son una poesía engarzada aparentemente en el tiempo, aunque éste ha dejado su lugar a un espacio que se extiende por un imaginario que tiene vocación de eterno.
Toda conversación nos deja más abandonados que en la sepultura. Has aliviado el espíritu y el corazón se te ha podrido. Las palabras volaron a los cuatro vientos y con ellas la sustancia de tu aislamiento.
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