Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
El cuadro, señala Carl Einstein, es una contracción, una parada de los procesos psicológicos, una defensa contra la fugacidad del tiempo y, por tanto, un amparo ante la muerte. Se podría hablar de una concentración de sueños.
Así parece haberlo entendido el americano GÓMEZ, que con su aérografocomo instrumento, inflama la pasión de tentarnos a tomar su obra y llevárnosla, porque quisiéramos que esa conmoción plástica mantuviese su materialización en el refugio permanente de nuestra mirada.
En ese firmamento vertical se suceden espesuras y frondosidades que dejan espacios abiertos, tonalidades que destellan a lo largo de un recorrido de acción y lírica, de sentimiento y visión extasiados, de unas confluencias que están pidiendo no tener fronteras.
Sin poder dejar de citar a Adorno, éste señala que las obras se afirman realmente como algo de esencia espiritual aunque ya no se proponga el espíritu como sustancia.
El americano ORTNER materializa hiperrealmente ese espíritu como océano en el que se sustancia la percepción de la vida, el sentido de una naturaleza enigmática que se desboca y quiere salir de esos estrechos límites.
Para el mar sólo es posible la grandiosidad que se contempla como un dios que día a día nos sirve como un imaginario de referencia, como un sentimiento del que emana la fuerza de una inmensidad imposible de aprehender. Así queda de manifiesto en estas sublimes obras.
No puedo dejar de citar a Adorno cuando dice que en ninguna obra de arte es el espíritu un ente, sino algo que llega a ser, que se está formando, que sigue a sus obras en la dirección en la que avanzan y desata su lenguaje inmanente.
Pero llega entonces el vallisoletano MARCOS con su obra cargada de restos, huellas, signos, dibujos que ha hecho en las superficies el tiempo inmemorial a través suyo, conformando unos valores plásticos que se muestran como reclamos poéticos de una época ensimismada.
En su trabajos hace que los espacios sedimenten sus extraños mensajes y se conviertan en entes que son residuos convocantes de una visión de distintas caligrafías y pátinas, y que se manifiestan como significados errantes.
Ante la contemplación de estas obras del alicantino LLORENS tomaré la actitud de Adorno y haré un pacto con ellas, ya sea contra mi voluntad o inconscientemente, porque quiero plegarme a sus pies para que me hablen.
Y hablan, vaya que si hablan, no callan, miran fijamente con desprecio desde sus púlpitos y pedestales, se nutren de su propio espectro, de la impronta plástica que penetra en la visión y no permite desengancharse de ella.
Piezas que retornan a nuestra tradición más ferviente y demoledora, la más clarividente y cruel, la negra y odiosa leyenda que fue y es una realidad con la que nuestra mirada se encuentra a diario, incluso no ceja de acosarnos y amonestarnos por no ser cauce de su furor iconográfico y grotescamente mayestático.
Señalaba Adorno que la pura inmediatez no es suficiente para provocar la experiencia estética. Ésta, además de inconsciencia espontánea, necesita de conciencia, de concentración y la contradicción surge inevitable.
Pero ante la obra del canadiense REES el efecto inmediato es inevitable, tanto como para detenerse ante su visión sintiendo y no pensando, quizás evocando lo que se ve como una presencia nunca presentida.
Todo es un deshacerse cromático, unos impulsos agitados, unos brochazos nerviosos que no saben como calmar su angustia, como modular sus formas sin que al final el caos las tome como la catarsis de un tiempo amanecido u oscurecido.
Vuelvo con Adorno para oírle repetir que si las obras de arte tienen su idea en la vida eterna, sólo pueden llegar a ella por la aniquilación de la vida dentro de ellas y esto mismo se expresa en su propia forma.
Pero la obra del colombiano MURILLO está muy viva, pero parece arrastrar la muerte con ella, porque sus rasgos quieren herir, devastar con esos rayos cromáticos densos, agresivos, que nunca dejan de emitir una condena.
Se le puede tachar de ser un iniciador final, de perseguir un término mortal, una última sensación de lo que ha simbolizado en el tiempo un estupor pictórico, con el discurso emborronado, rayado, raspado y reprochado.
Lo más íntimo del arte contemporáneo es su desarrollo, y lo que le impulsa es la contradicción entre su embrujo -resto rudimentario del pasado-, la presencia inmediatamente sensible y el mundo desmitificado en el que existe, en el que no puede renunciar completamente a la magia (Adorno).
En sus obras abstractas, el británico Williams no renuncia a la magia sino que se envuelve en ella para que a través de esa superposición y collages de formas y colores se formen unas anatomías que sean circunvalaciones significantes en el espacio.
La multiplicidad cromática agrega y suma, significa y resuelve, disfraza y reivindica, convierte lo pictórico en ficción y se limita a dejar que lo que está en proceso continúe lo íntimo de un relato que se enganche a una visión con vocación de prolongarse en el tiempo.
El alemán HAAGER, en su abstracción, retrata luces y sombras, atmósferas y cielos, lugares imposibles de calcular en el espacio, aunque ocupen una dimensión insoslayable en la visión.
Toda obra importante deja en sus materiales y en su técnica unas huellas; seguirlas es el destino de lo moderno y lo transitorio, pero no husmear lo que flota en el aire Adorno).
Por eso el artista coagula su creatividad en unos parámetros plásticos que verifican una exploración en parajes insondeables, fruto del devenir de un sentimiento pictórico fundamentado en el escrutar y explorar.
Envejeced también, vuestro tiempo se acaba.
Entonces, respetables señores, tened piedad de los viejos,
El deseo de la totalidad estética sería el interés por una exacta estructuración de todo, partiendo de la base de que la construcción debe expandirse en una ilimitada posibilidad, la cual no sería posible, nos dice Adorno, sin una planificación individual.
Para el americano LENTSCH la materia es la hacedora de sueños y de orígenes, el destino informalista que hay que volver a reconstruir una y otra vez, renovando capas, texturas, arrugas, rayas, pigmentos, etc., hasta encontrar esa identidad compartida.
Nos dice Rudolf Arnheimque, perceptualmente, una obra de arte madura refleja un sentido de la forma altamente diferenciado, capaz de organizar los varios componentes de la imagen en un orden compositivo comprensible.
Para el cacereño HUERTAS la pintura ha de contar también con un aliento poético y plástico que retome la realidad como una totalidad que trascienda la visión rutinaria.
No hay fidelidad en sus obras sino reflexión acerca de la materia en relación a su estructuración como un pensamiento del ser que nos rodea creativamente, que nos engancha la mirada en el misterio de su enigma tal como el autor lo integra en un espacio delimitado, pero que encierra significados existenciales y temporales.
Los cantos de los hombres son más bellos que ellos,
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