Un breve paseo por obras y artistas que infunden otra forma de mirar. Es una aproximación cuyo deseo es provocar otras emociones más íntimas y cercanas si cabe. Es una forma de mirar, otro modo de ver, un ardid para engañar, un truco para esperar, otra historia para seguir, un cuento de no acabar. Y de seguir sin perder de vista lo de más atrás.
Decía Antonio Saura que el compromiso se establece con un proyecto, mas no todavía con un resultado, cuya complejidad y resolución, imprevisibles, puede llegar a alterar sustancialmente el sueño de la razón.
La neoyorkina KIMMELse esconde detrás de unos espectros coloridos, abstractos, en continua mutación, que bailan, seducen, quieren deshacerse de la forma que está subyacente e invitarles lúdicamente a ser sus intérpretes.
Reflejan una acción inexorable que no conduce más que que a un quehacer pictórico en el que los iconos son transformaciones en que una plástica tan decidida se ha implicado cromáticamente, concibiendo una pasión por seguir siendo lo que es.
Las obras de las personas creativas se caracterizan por su novedad, su habilidad especial, su tensión y energía mental y su talento. Ninguno de esos atributos le faltaban a la americana residente en España, MODLIN, que nunca quiso vender su producción y que a su muerte tuvo que ser rescatada de la basura.
Hay creaciones en que la obsesión y la muerte desbordan los márgenes de la expresión y obtienen una representación escenográfica que mima la luz y descansa en un dibujo fértil. Tal es el caso de esta autora.
Su poética deviene misterio, enigma, quimera, fantasía y una exploración sobre lo trascendente que hay en lo humano, ya sea como creencia, misticismo, secreto, memoria, indagación y la eternidad pendiente.
El Francastel sabio manifestaba que el arte es un reflejo permanente de la mínima variación del gusto o de las ideas de una época (en algunos casos, añado, más vale omitirlo); e igualmente nos advierte de los grandes cambios. Una explicación exclusivamente técnica o exclusivamente teórica es insuficiente.
El japonés UMEZAWA, a la hora de abordar su plan preconcebido, hace que se desborden las marcas, que haya una explosión de efectos visuales, que el espacio sea un cosmos de entes de todo tipo y condición que no establezcan ningún orden.
Para la configuración de sus obras, toma propuestas e imágenes de una y otra vertiente, las comprime en el espacio y mediante un color que se agudiza con el vaivén impuesto, se proyecta desgranando unas vicisitudes que están enredadas en miles de fragmentos sígnicos.
¿Qué o a quién esperan? ¿Hay alguna razón para que no llegue? ¿Por qué esta soledad? No puedo pensar bajo este sol. Ni se puede vivir. Sólo toca sobrevivir si es que tiene algún sentido.
Son seres mediocres, aplastados, inexpresivos, que miran pero no contemplan, que aguantan sin meditar sabiendo que todo es inútil en una urbe construida en la fealdad y en la pretensión.
Para el australiano SMART toda vida, además de minúscula, es una encerrona en un tiempo que no da tregua, con un color que no entiende de subterfugios, sólo de realidades inalterablesy metafísicas en busca y captura.
No hay pérdida, sólo tienes que seguir la dirección, sumirte en su caos, hacer pausas, concretar el punto de la mirada, acercarte y alejarte, hasta tocar y sentir el pálpito de lo que ves.
Sin embargo, se ha dicho que las obras de arte están completamente mudas y desamparadas ante el ¿para qué todo esto?, ¿sirve para algo?, ¿es necesario?, ante el reproche, en definitiva, de su real falta de objetivos.
Pero las obras del argentino NOÉ lo desmienten y no paran de medir si estamos a la altura de la dimensión exigida ante su presencia física y espiritual, de su magistral sentido plástico, de sus vivencias cromáticas, formales y esenciales, de su ocupación de un lugar en un mundo proyectado para ellas, teniéndonos como accesorios obligados. Son construcciones que encajan mágicamente en el devenir y en el renovar de una fe en la propia y eterna sensibilidad y creatividad.
Hay realidades pictóricas que visualmente esperan revelarnos nuestra cara falsa, doble, que no sabe mirar porque cree que ya está harta de no contemplar más que su propia anormalidad sin historia.
De los realistas canadienses, DANBY fue uno de los más emblemáticos, especialmente por la imagen del portero que aguarda con ferocidad, pertrechado e inmóvil, el desbordamiento total que acompaña al proyectil. Es ese guerrero americano que no escapará a la muerte pero sin quedarse sin su mítica leyenda.
Su estructura plástica es la de un relato estampado en el tiempo, fijo, sin más aditamentos que los atribuidos a unas apariencias con doble fondo y significado, con la angustia del ser que será siempre.
Nuestro dolor y el de las aguas están unidos en la paz
de las rompientes.
Sólo este mar que nos conoce puede medir la soledad
Si el arte siempre está muerto y el arte vivo es un engaño, como dijo alguien, el franco-senegalés le da la vuelta al practicar el arte siempre vivo y dejar que el muerto siga muerto aunque engañe.
Procede de un continente que recoge todo lo que está tirado y con ello, quebrado y roto, fragmentado y cortado, desmenuzado y pegado, crea su propio imaginario, aquel que es propio de una tierra y una humanidad destrozada.
Son ideas, intuiciones, sensibilidades, que saben sentirse plásticas y visuales, simbólicas y verdaderas, individuales y colectivas, luces y sombras, tiempos y lugares.
Se dice que la experiencia del arte arte contemporáneo en la época de la imagen es cada vez más una actividad que aborda todos los frentes estéticos.
El canadiense MCKENZIE la acometió como una empresa en la que las imágenes de la memoria se empastan, densifican y encienden como un sufrimiento que en su culminación empieza a ser compartido.
Paisajes, abstractos y figuraciones configuran un núcleo común que no se escapa de una reflexión centrada en una visión plástica, que la absorbe y le proporciona el alma de sí misma.
Sobre las olas desoladas el firmamento está distante
como nunca.
Sólo este mar que nos invoca puede medir la soledad
La obra de cualquier artista requiere un enfoque que al mismo tiempo que la sitúa en un marco individual, la considere dentro de una dimensión histórica y conforme a una evolución creativa, equilibrando ambos aspectos en lo que tienen de mayor singularidad.
La obra de la valenciana CAÑELLAS, con la que estuve charlando agradablemente en JUSTMADRID, pulsa muchas notas dada su tenacidad investigadora y exploradora de imaginarios y ámbitos visuales que puedan conjugarse con un pensamiento personal comprometido y reivindicativo.
No obstante, su ethos no se extravía en nada imposible, al contrario, se condensa en un dibujo y una plástica que tanto ensombrece como plasma realidades que, sean o no conocidas, proclaman su agonía, su inconsolable retrato de una humanidad herida, desmadejada, víctima sin remedio de una sociedad y de un tiempo que llevamos tatuados conforme a la muesca de un ignominioso destino.
Señaló Dewey que la lucha permanente del arte consiste en convertir materiales tartamudos o mudos en la experiencia ordinaria y en medios elocuentes.
Obras como las del israelí TAMIR son más que elocuentes y no necesitan una interpretación que las consigne como tal obra de arte, se manifiestan con la crudeza de lo que son y de lo que significan.
Son cuerpos destrozados, desgarrados, que sobreviven como restos y símbolos de su historia, de una plástica de sangre y carne que el artista da consistencia para fusionarse con su propio yo, con su propio relato denso y desnudo que le ha infundido el doliente vigor para crearlos.
La tierra ignora nuestras dudas y el firmamento nuestras
largas agonías.
Sólo este mar que nos comprende puede medir la soledad
Debe estar conectado para enviar un comentario.